UAM Unidad Cuajimalpa — Cátedra M. A. Granados Chapa

Discurso íntegro de Miguel Ángel Granados Chapa al recibir la medalla Belisario Domínguez en el Senado de la República

7 de  octubre de 2008

Aunque mi  oficio, parte de él consiste en tejer palabras, no encuentro las que revelen  con precisión, los sentimientos con que hoy recibo la Medalla de Honor que  lleva el nombre del doctor Belisario Domínguez, otorgada por el Senado de la  República.

Me limito,  entonces, a expresar con llaneza un gracias escueto, pero suficiente ante la  unánime decisión de los integrantes de este cuerpo legislativo, de encontrar en  mi trayecto profesional sustancia bastante para merecer la alta distinción que  hoy se me otorga. La entiendo como un reconocimiento a la tarea de informar y  de suscitar opiniones, un reconocimiento al periodismo en general y en  particular al que se ha afanado por promover y dar cuenta del cambio  democrático en nuestro país, el periodismo que sin falsa objetividad se propone  contribuir en comunión con sus lectores y oyentes, a la construcción de una  sociedad fundada en la equidad y la justicia, una sociedad donde como  humildemente quiso Morelos, queden moderadas la opulencia y la miseria.

El Doctor  Domínguez era miembro de esta Cámara cuando arrostró con plena conciencia la  muerte con tal de expresar sus convicciones, su condena al régimen usurpador y  criminal de Victoriano Huerta, quien con la misma frialdad que ordenó asesinar  al Presidente Francisco I. Madero, dispuso de la vida del propio Senador  Domínguez, cuya muerte se agregó a las que la dictadura había ordenado para  eliminar a los diputados Serapio Rendón y Adolfo Gorrión. En la valiente  protesta por esas tres ejecuciones, el Diputado Eduardo Neri las condenó en su  Cámara con tal fuerza que el déspota clausuró el Congreso al día siguiente el  10 de octubre de 1913.

No es  casual que al instituir medallas para honrar a mexicanos distinguidos, las  Cámaras del Congreso hayan escogido los nombres de esos combatientes con la  palabra frente al huertismo.

Por cierto  la Medalla Eduardo Neri, otorgada por los diputados, acaba de ser discernida y  será entregada a don Miguel León Portilla, el gran humanista mexicano único  recipiendario de las dos preseas del Poder Legislativo, pues en este lugar le  fue entregada en 1995 la Belisario Domínguez.

El Senador  Domínguez y el Diputado Neri, pertenecieron a la Vigésimosexta Legislatura,  disuelta por la dictadura pretoriana usurpadora y que había acompañado al  Presidente Madero en sus tenues, pero definidos intentos por transformar a  México después del Porfiriato.

Pocas  legislaturas han tenido frente a sí desafíos descomunales como la dispersada  por Huerta, que encarceló a no pocos de sus integrantes.

Cambiando  lo que haya que cambiar, porque el México de la Guerra Civil de 1913 no es el  México de la difícil convivencia de 2008 a la Legislatura No. 60, la elegida  hace dos años, le cumple una misión semejante a la de aquella coyuntura, dar la  cara a uno de los momentos más críticos de la vida nacional, más difícil cuanto  que parece que nos hayamos inermes frente a él.

No es que  la sociedad mexicana carezca de experiencia ante las crisis, la ha adquirido a  fuerza de golpes, de caer y levantarse, de deplorar lo perdido y comenzar de  nuevo, pero pocas veces en la historia habían convergido adversidades de tan  distinta índole y semejante gravedad que hacen de las sombrías horas que  corren, horas de definición, de las que emergerá la sociedad disminuida y en  riesgo de descomposición y aún de enfrentamiento o engrandecida para superar la  magnitud del desafío para que sea por una vez madre providente de sus hijos.

No se  requiere vocación de Casandra para avizorar un futuro preñado de vicisitudes  lesivas de la convivencia, porque el pasado reciente y el presente las han  incubado.

No se  requiere tampoco padecer un ánimo infectado de pesimismo para advertir que día  con día crecen las adversidades y aún surgen otras más entorno nuestro, desde  el seno mismo de la sociedad, pero también sin que nos ciegue el optimismo, un  optimismo que fuera trágicamente irreal como bautizó en que en sus días  intentaba prevalecer don Daniel Cosío Villegas, percibimos que la energía  social de los mexicanos es capaz de enfrentar esas adversidades con fortuna,  sobre todo si utiliza nuevos instrumentos o de modo diferente emplea aquellos  de que la República se dotó desde la hora de su fundación.

Aquí  mismo, en esta casa, en esta representación del Federalismo tan caro a nuestra  voluntad de unión están en curso procesos legislativos que resulta de un nuevo  ensamble de instrumentos, circunstancias donde se combinan la formalidad de las  instituciones y el dinamismo vital de la participación social directa, mentira  que se trate de factores antagónicos y aún excluyentes.

Por lo contrario, la constitucionalidad de las tareas realizadas por los legisladores  se alimenta con la movilización de los ciudadanos, que ya se pronunciaron en  general en las urnas, pero pueden y quieren expresarse también en la calle, en  los caminos en torno a asuntos puntuales, en procura de solución a sus  problemas para acuciar legítimamente a sus legítimos representantes.

Lejos de  demonizar a la movilización ciudadana, hemos de reconocer y valorar sus cualidades  motrices. La calle, la gente en la calle, las multitudes que clamaron contra la  inseguridad impulsaron la presentación de iniciativas de reforma legal, de  creación de nuevos instrumentos contra el hampa.

De no ser  por la vitalidad, por la viveza de los ciudadanos en acción, podría ocurrir que  no se emprendieran las mutaciones legales que propicien un más eficaz combate a  las varias formas de delincuencia, el terrorismo incluido que nos agobian y  amenazan.

Movimiento  social semejante se había manifestado, lo hace hoy mismo y se expresará también  más adelante en torno de la reforma petrolera que necesita nuestro país.

La calidad  del proceso legislativo en curso, sería otra, de no haberlo precedido el amplio  debate nacional sobre un tema, que como pocos, no puede ser abordado sin la  presencia de la sociedad. Ese debate social, una de cuyas porciones principales  fue albergada por ésta Cámara, resultó de una feliz combinación de rasgos de  nuestra república, la fortaleza del Poder Legislativo y el ejercicio de las  libertades públicas, las que permiten a la gente reunirse y manifestar su  parecer sobre los graves asuntos que conciernen a sus intereses y sus  convicciones, que hoy, juntos legisladores y la gente digan lo que hay que  hacer para poner al día, en estricto apego a la Constitución la industria  petrolera nacional.

Esas  libertades públicas requieren un fortalecimiento que impida retrocesos dañinos  para la convivencia nacional. Nunca eliminados por entero como inexplicable  hierba envenenada crecen tendencias al autoritarismo, a la criminalización de  la protesta social, a la guerra sucia no enderezada sólo contra los opositores  al régimen, sino contra ciudadanos en reclamo de sus derechos.

 Permítanme,  ciudadanas Senadores, ciudadanos Senadores instarlos a establecer un mecanismo  social que impida o condene cuando ocurra la desaparición forzada de personas,  que afecta hoy a decenas, cientos, quizá de mexicanos a quienes autoridades  federales o locales levantaron como si fueran los captores delincuentes, es  decir, los detuvieron, pero no los sometieron a juicio como deben proceder de  acuerdo con la ley, y acaso los privaron de la vida como lo hacen los matones  profesionales.

Ya hay  legislación vigente al respecto. Pero se requiere mejorarla para hacerla compatible  con instrumentos internacionales suscritos por México, y obligatorios, por lo  tanto, para sus instituciones.

Una  legislación que haga del Estado el cumplidor de la ley, y no su infractor en  perjuicio de las personas, sería admirablemente completada por una Ley de  Amnistía que haga salir de las cárceles a presos políticos que hoy mismo como  en los peores tiempos del autoritarismo padecen prisión injusta.

Es  imprescindible hoy restaurar las bases de la convivencia, del acuerdo en lo  fundamental.

La  sociedad diversa no puede ser homogeneizada, sino por la fuerza. La unidad  impuesta lleva imbíbito el riesgo de la unanimidad, del pensamiento único;  necesitamos identificar propósitos comunes impulsados desde la diferencia;  necesitamos saber y obrar en consecuencia que los distintos, los otros no son  por ello peligrosos; necesitamos saber que no son enemigos, sino acaso,  adversarios.

El poder  del dinero y el poder criminal de las armas sustraen ya ahora con marcas  crecientes de la vida en común al imperio de la ley y la capacidad rectora del  Estado. El ímpetu feroz de la delincuencia organizada parece no reconocer  límites, los rompe todos; sorprende cada día con su ubicuidad y sus desplantes  osados y crueles.

Los  poderes fácticos, los que gobiernan sin haber sido elegidos, los que buscan y  obtienen ganancia de negocios que atentan contra el interés general gobiernan  en mayor medida que los gobiernos; la lucha de unos y otros poderes ilegítimos  contra la sociedad, su éxito en el propósito de dominarla es favorecida por una  situación económica, material cada vez más adversa, menos propiciatoria que la  prosperidad y la expansión de la potencialidad humana.

Muchos  creemos percibir la difusión de una desesperanza, de un desánimo social, un  desencanto con las formas democráticas, un cinismo social que como los  depredadores en infortunios impuestos por la naturaleza aprovechan la desgracia  ajena para medrar.

Pero eso  que nos ocurre, los fenómenos en sí mismos, y los que provocan esta  desesperanza, no son una condena, son enfermedades del espíritu colectivo  susceptibles de ser curadas, no con pociones mágicas que a la postres mas  envenenan, en que sanan, sino con el empuje que más de una vez ha permitido  ejercer y acrecentar la energía de los mexicanos.

No nos  deslicemos a la desgracia, menos aún caigamos de súbito en su abismo, cada  quien desde su sitio, sin perder sus convicciones, pero sin convertirlas en dogma que impidan el diálogo, impidamos que la sociedad se disuelva.